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miércoles, 7 de diciembre de 2016

Regresa la magia de Valentina





Muy buenos días, después de una ausencia involuntaria,  con gran placer vuelvo a publicar, les agradezco infinitamente su generosidad al leer mis historias y artículos.

Antes de pasar al tema central de esta publicación, les comento el porqué de la tardanza para un nuevo post, me parece que no lo había comentado antes pero resulta que en los ratos que no estoy tratando de convertirme en un escritor profesional, trabajo en una dependencia gubernamental en México dedicada a la impartición de justicia, sin embargo el área en la que me desempeño trata más aspectos administrativos que juicios en sí, motivo por el cual mis tareas normalmente se alejan un poco de lo que técnicamente sería la ciencia jurídica procesal, motivo por el cual mis labores a veces pueden ser un poco reiterativas y no me permiten desempeñarme puramente en lo que sería propiamente lo que todos entendemos por derecho.

El área en la que trabajo se llama Departamento de Normatividad, Patrimonio inmobiliario y Asesoría Legal, el nombre puede resultar muy pomposo y quizá algo tendrá que ver el que tuve la fortuna de ser encomendado para hacer el proyecto de restructuración de la Dirección a la cual pertenece dicho Departamento, por lo que tuve la oportunidad de nombrar al área en la que yo mismo trabajaría, así que pensé ¿Por qué no ponerle un nombre que resulte interesante?

En el aspecto de Asesoría Legal de dicho departamento se nos encomendó contestar una demanda por reparación del daño  instaurada en contra del titular del Poder Judicial, por lo que toda la semana tuve que enfocarme en fundamentar lo mejor posible mi trabajo, a lo mejor eso pueda parecerles tedioso, pero por un momento me permitió volver a hacer un trabajo puramente jurídico y de alguna manera conectarme con mi padre que ya no está, puesto que él como ninguna persona que haya conocido, amaba su profesión y era un concienzudo estudiante permanente del Derecho.



Pues bien habiendo tenido que enfocarme en realizar el trabajo mencionado, tuve que abandonar un poco lo que más me apasiona, pero afortunadamente vuelvo a tener más tiempo para poder realizarlo.

Ahora si pasando a temas literarios y de fantasía mucho más importantes que lo anterior, hoy con mucho gusto deseo presentarles el segundo capítulo de “La magia de Valentina”, no sin antes comentarles a todos aquellos que no están familiarizados con dicho proyecto, que la historia de Valentina es un trabajo conjunto en el que un grupo de aficionados a la escritura decidimos hacer una novela por capítulos, en el que uno narra el primer tramo de la historia dejándole plena libertad al siguiente escritor para hacer con la trama lo que decida, de tal forma lo que el primer narrador había planeado para los personajes puede tomar un rumbo totalmente inesperado y así inspirarse para que cuando le vuelva a tocar el turno de escribir pueda llegar a sitios inimaginables.

A mí me tocó escribir el primer capítulo y debo confesar que ahora Ana ha llevado la historia a un punto muy lejano de lo que yo había planeado para Valentina y sus compañeros de aventuras, lo cual es realmente fantástico y cumple perfectamente con lo que esperaba del proyecto, toda vez que al leer el capitulo realizado por mi compañera escritora he podido imaginar un rumbo nuevo para llevar la trama al cual no habría podido llegar si yo solo hubiera realizado todos los capítulos.

Espero que lo disfruten tanto como yo, para los que no han leído el capítulo uno les dejo aquí el enlace, solo deben dar click justo aqui abajo o en la foto de la entrada destacada.


Muchas gracias por leernos y gracias a Ana por autorizarme a compartir su escrito en el blog. 
    
Capitulo dos de "La Magia de Valentina"

Autora: Ana López Racionero.    


    
 Capítulo 2. El consejo.

Mientras esperaba a ser recibido por el segundo concejal me maravillaba observando lo diferente y parecido que era a la vez aquel lugar que ya había visitado en La Tierra. En el Mundo Medio, la galería de los Uffizi no era un museo, sino la sede del Alto Consejo de Magia y Hechicería. Lo primero que me sorprendió fue la ausencia de la cola kilométrica que casi de forma continua ribeteaba los muros exteriores. Según entré en el vestíbulo, un caballero vestido con un elegante traje azul me invitó a pasar al primer corredor y allí me señaló un banco en el que podía sentarme.

–Espere aquí –me dijo.

Asentí y obedecí. Aquella sala de espera un tanto improvisada no se parecía demasiado a lo que yo recordaba. Solo visité Florencia una vez y, por ende, solo había pisado una vez aquel lugar en la ahora tan lejana Tierra. Pero juraría que allí debía de haber estatuas y bustos de dioses, sin embargo, no era así. Lo que había en su lugar eran grandes paneles con minuciosos dibujos geométricos, que casi parecían mapas, y que serían la auténtica pesadilla de un tripofóbico.

– ¿Alan Reittan? Ya puede pasar.

Al oír mi nombre salté como un resorte y eché la mano dentro del bolsillo central delantero de mi traje de Eternauta, en un reflejo instintivo para verificar que llevaba lo que necesitaba: grabadora, bloc de notas y bolígrafo. Al hacerlo, mis dedos toparon con aquella hoja desgastada por el tiempo que mi compañero me había entregado. Carl tenía la absurda manía de acabar involucrándose personalmente en cada caso y, de vez en cuando, me pedía algún favor. No soy muy buen adivino, pero estoy seguro de que esta costumbre le terminará por meter en algún lío.

El hombre que me llamó, el mismo que me invitó a esperar en aquel banco, me guió por el corredor dejando de lado las grandes salas que yo recordaba de mi mundo para al final hacerme entrar en la tribuna, y allí, donde debía estar la Venus de los Medici, me esperaba sentado en una silla de terciopelo negro, largo respaldo y patas aleonadas el segundo concejal. No sé si sería casualidad, pero delante de él, aunque no en frente, sino algo más a la derecha del eje central de su visión, había una silla de madera pálida y visiblemente endeble. Ahí debía sentarme yo. Como digo, no sé si sería casualidad, pero algo me decía que alguien quería dejar claro quién mandaba allí.   

El segundo concejal se levantó de su asiento para recibirme.
–Bienvenido –dijo desplegando sus brazos para dejarme admirar su ostentosa vestimenta.

–Muchas gracias. Como ve, yo no puedo ir tan elegante como usted. Lo lamento.

–Por favor, no se preocupe. Conozco de sus limitaciones –dijo en un tono más condescendiente que cordial.

Sin esperar a que él me lo indicase tomé asiento en aquella silla que habían dispuesto para mí.

–Veo que no tiene tiempo que perder­.

–Desde luego que no. La media hora que me habéis permitido no da para mucho y quiero aprovecharla al máximo.

El segundo concejal rió. –De acuerdo. Comience.

–Nunca he sido de dar muchos rodeos, así que le pido disculpas de antemano si soy demasiado directo con mis preguntas.

–No se preocupe. Está previamente disculpado.

Aquel hombre mostraba un rostro amable, de facciones suaves y expresión complaciente, sin embargo, algo me decía que toda aquella fachada podía caer con el simple posado de una mosca.

–Verá, he compartido notas con mi compañero que, como creo que ya sabe, mantuvo una entrevista con Massimo Scorza, y me gustaría aclarar una serie de cuestiones. Tengo entendido que llegaron a un acuerdo con él por el cual tras los primeros cinco años de vida de Valentina ustedes se quedarían con su custodia, a cambio de perdonarle la vida. ¿Qué se esconde detrás de este pacto?

–No se esconde nada ­–contestó con gesto sorprendido–. Massimo ha sido siempre muy melodramático y no le culpo, al fin y al cabo tuvo que renunciar a su hija.

–Pero es cierto que el plan A, por así decirlo, era que él matase a su hija. Plan que le impusisteis vosotros.

–Cierto, pero nos dimos cuenta del error.

–Gracias a que él no obedeció.

El segundo concejal desplegó una gran sonrisa y una mirada que entendí con rapidez: No sigas por ahí.  

–Bueno –carraspeé–, me gustaría saber qué fue de Valentina después de aquel momento. De que ustedes se hicieran con su custodia, me refiero.

–¿No lo sabe? Debe ser la única persona en la faz del Mundo Medio que no lo sabe. ¿¡Qué digo?! ¡En toda la galaxia Huxley! Como vosotros la llamáis.

–Está claro que sí que lo sé, es decir, sé quien es. Es la mujer más famosa del multiverso –aunque es cierto que no sé muy bien por qué, pensé–. Pero me gustaría que me contase cómo llegó a serlo.

–Está bien, está bien. Se lo contaré. Pero le pido que no me interrumpa. Si le surgen dudas guárdeselas para el final.

–Así lo haré. Se lo prometo.

–Hace 28 años el último miembro del Alto Consejo fue a visitar a los Scorza para cerciorarse del potencial mágico de Valentina, el cual ya suponíamos que era inexistente. Es habitual que sea el último concejal en incorporarse al consejo el que realice esta visita, acompañado del Alto Concejal, es una forma de representarnos a todos, en una especie de alfa y omega. El malentendido vino de ahí, puesto que el último concejal decidió que era mejor acabar con la vida de esta “criatura deforme”, así lo expresó él. Nos pareció una decisión descabellada, por supuesto, pero aunque todas las decisiones del consejo se someten a votación, lo cierto es que la última palabra la tiene Lucio, el Alto Concejal, el miembro con mayor rango del consejo. Esto es así porque el poder que él tiene es el mayor que existe en todo el mundo y...bueno, digamos que es mejor hacer lo que él considere oportuno. Por no hablar de su inmensa sabiduría, que no seré yo quien la cuestione. La decisión del último concejal fue rechazada por todos, excepto por Lucio. No obstante, los acontecimientos se desarrollaron de la manera que usted ya conoce y, como ya le he dicho, el Alto Concejal no sólo es poderoso, también es sabio, de modo que decidió pasar al plan B, utilizando los términos que usted mismo ha usado. Para nosotros dicho plan B recibe otro nombre: “Proyecto Valentina”. ¿Qué ocurre? – Se interrumpió de repente. La expresión de mi cara debió de cambiar de forma notable.

–Nada, nada. Es sólo que el nombre no me parece muy original.

–Tiene razón –dijo entre risas. –Pero al Alto Concejal le sonaba bien.

–Lo siento, pero es que suena a conspiración –respondí entre risas yo también. El rostro del segundo concejal se tornó serio ipso facto.

–Tiene usted una manía muy fea, señor Reittan. Percibo con frecuencia un tono acusatorio en sus intervenciones. Si lo desea podemos interrumpir aquí la entrevista.

–¡Oh, no! Perdóneme, no era mi intención ofenderle. Sólo quería hacer una pequeña broma.

–Está bien, por ahora voy a pasárselo por alto, pero espero que no vuelva a repetirse.

–Tiene mi palabra, continúe, por favor –dije mientras mi cabeza se reafirmaba en lo dicho con anterioridad: Ese “Proyecto Valentina” es una conspiración fijo.

–Está bien, pero queda avisado. ¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! Está claro que usted ya sabe lo que ocurrió, su compañero ya se lo habrá contado: Valentina fue recogida a los cinco años de edad y su custodia pasó a pertenecer al Alto Consejo de Magia y Hechicería. 

No es que pretendiéramos experimentar con ella, como Massimo siempre ha creído...

No, seguro que no, pensé.

...pero sí que queríamos investigar qué era lo que había propiciado que no hubiera ningún poder en ella, dado que era la primera vez que esto ocurría. Debíamos saberlo para que, de repetirse este acontecimiento, pudiéramos afrontarlo. Pero entonces empezaron a ocurrir cosas muy extrañas y nuestro sistema de creencias empezó a tambalearse. El Alto Consejo está formado por catorce miembros: siete mujeres y siete hombres. No todos podíamos hacernos cargo de ella, por lo que le encomendamos a la quinta concejal que ejerciera de “madre”, para no confundir a la pequeña y mantener un entorno familiar lo más natural posible. El primer día de su entrega a esta concejal, a la hora de estar con ella, pidió una audiencia urgente con el Alto Concejal. Más tarde nos fue relatado lo que había ocurrido. Al parecer, la niña tomó de la mano a Odesa, la quinta concejal, agarrando únicamente sus dedos índice y corazón, cuando esta iba a enseñarle su nueva habitación. En ese momento, sintió una extraña sensación de cobijo y calor. Llevó a la niña hasta la que a partir de entonces sería su cama y la acostó para que pudiera descansar. Entonces, sin soltar aún su mano, Valentina posó su mirada en los ojos de Odesa y el candor de esta encogió su pecho. No sabía qué había pasado, pero sí sabía que a partir de ese momento Valentina no era un mero objeto de interés científico o político. No, era algo más. Sentía que la quería. Este relato llamó la atención de Lucio que, sin duda, tomó con precaución. A la mañana siguiente, fue él mismo a despertar a Valentina, tenía que conocer en persona a la criatura que había sido capaz de turbar el corazón y la mente de una de las concejales más poderosas e importantes del consejo. Según nos contó él después, Valentina ya había despertado cuando llegó a su habitación. Estaba sentada en el borde de la cama desperezándose, frotando sus ojitos con sus diminutos puños. Cuando le vio en la puerta, ella dio unos golpecitos con la palma de su mano sobre el colchón para que se sentase a su lado. Así lo hizo. Parece ser que ella le hizo algunas preguntas curiosas que el Alto Concejal respondió con gusto. Eran preguntas sencillas y comprensibles que cualquier niño en la situación de Valentina haría: ¿Qué hacía ella ahí?, ¿Dónde estaba su papá?, ¿Cuándo volvería a verle?... Pero hay una pregunta que le dejó paralizado. No fue la pregunta en sí, sino algo que a día de hoy, Lucio aún no ha sido capaz de explicarnos. La pregunta fue: ¿Sois ahora mi nueva familia? Cuando Valentina realizó esta pregunta agarró las manos de Lucio, apoyando las pequeñas yemas de sus dedos en las palmas de él. En ese momento empezó a sentir una ola de afecto por aquella niña que hasta entonces era inexistente. Dos emociones se apoderaron de repente de él, por un lado el amor, por otro, el miedo. Ese miedo que a veces va ligado al amor. Miedo a la pérdida. Cuando Lucio transmitió esta experiencia al resto de nosotros no sabíamos cómo tomárnoslo, parecía algo banal y sin importancia. Mucha gente puede sentir afecto por un niño pequeño al que apenas conoce, está en su naturaleza, dicen que es una especie de mecanismo de defensa para asegurar la supervivencia. Pero todos conocíamos a nuestro Alto Concejal Lucio y, pese a sus múltiples cualidades, lo cierto es que no es un hombre muy afectuoso. Si esto nos lo hubiese contado Odesa antes de hablar con él, puede que aquel incidente hubiese pasado desapercibido por un tiempo, ya que es todo lo contrario en este aspecto.

–Y ¿qué ocurrió entonces?­­­ ¿Qué repercusiones puede tener este curioso incidente? –pregunté ansioso por saber el desenlace de toda aquella historia.

–Ahora lo descubrirá –contestó tornando su mirada en misteriosa, casi como si quisiera mantenerme en vilo para darle más intriga a su relato–. Lucio no solo se dedicó a transmitirnos esta información. Quería comunicarnos algo mucho más importante. Había descubierto la magia de Valentina: El poder de despertar amor en cualquier persona. No ternura, no afecto, no cariño. Sino amor puro.

–Una pregunta –interrumpí después de una pausa dramática con la que el segundo concejal me obsequió–, ¿Cómo es posible que no lo detectasen cuando les correspondió hacerlo?

–Creemos que la razón por la que no se pudo determinar su poder antes de este momento es porque este tipo de magia es única en ella. Y, hasta ahora, este tipo de magia es la más poderosa sobre la faz del Mundo Medio.

–Bueno, está claro que es un tipo de habilidad curiosa, pero de ahí a ser la magia más poderosa... No sé, creo que las hay mejores.

–¿Bromea? ¿Sabe qué se puede hacer mediante el amor? A través del amor uno puede conseguirlo todo. Absolutamente todo. De hecho, esta facultad, o habilidad, como usted la ha llamado –parafraseó en todo burlón–, explica muchas cosas. Por ejemplo, el por qué a día de hoy Valentina no está muerta. Explica por qué su padre, un hombre fracasado y más bien cobarde, luchó por ella hasta que no pudo hacerlo más. Sólo hay una cosa que aún no nos explicamos, y es cómo es posible que fuera capaz de ejercer su poder antes del quinto año de vida.

–Entonces, si llegasteis a la conclusión de que Valentina tenía un poder, ¿Por qué no la devolvisteis con su padre? Habría sido lo más justo, ¿no?

–¿Devolverla? Imposible. Teníamos ante nuestros ojos el mayor tesoro jamás hallado. El arma más poderosa de la galaxia.

–Entiendo. Esa es la clave. Utilizar a una persona inocente para apoderarse de todo.

–Creo que ya le he advertido sobre ese tono acusatorio. No le pasaré ni una más. Queda avisado.

–Bueno, no les acuso de nada. Realmente ya me lo dijo antes.

–Sí, pero usted no entiende nada. Es un extranjero de un planeta primitivo en una superpotencia de otro universo distinto al suyo. No tiene ni idea de cómo funcionan las cosas aquí. Cree que puede aplicar las reglas terrestres a este mundo, pero no es así. No se equivoque. Aquí las cosas pueden ser parecidas a su mundo, pero no pueden ser más diferentes. Si se queda el tiempo suficiente lo comprobará.

Además, no tengo necesidad de aclararle esto, pero lo haré. Es cierto que no devolvimos a Valentina a su padre por el alto potencial de su poder. También decidimos seguir criándola porque la queríamos. ¿Ha estado usted enamorado alguna vez?

–Una vez –contesté secamente.

–Bien, pues multiplíquelo por mil y de ese modo conseguirá entender un mínimo atisbo de lo que Valentina es capaz de provocar. Un consejo: si no quiere caer bajo el hechizo, no toque su mano. La reunión ha terminado.

El segundo concejal se levanto y realizando el mismo gesto almibarado con el que me recibió me invitó a salir.   

–Muchas gracias– me limité a decir. Sabía que ya no había nada más que hacer allí. Hice una reverencia, no sin cierto toque sarcástico, y abandoné la sala.

Al salir de allí tuve ocasión de recorrer parte de la galería. Era curioso que me dejasen campar a mis anchas por allí. Era como si al terminar aquella entrevista se hubieran desentendido de mí y considerasen que no era ninguna amenaza para ellos. Nadie me acompañó hasta la puerta. Nadie me indicó el camino. Pese a ser diferente a la que yo había visitado en mi planeta, aquella galería de los Uffizi seguía siendo hermosa. Su arquitectura no había cambiado. La observaba mientras estaba sumido en mis pensamientos. Pero entonces giré la cabeza y a través de una puerta pude observar un cuadro que sí conocía. ¡Ah!¡Qué maravilla!, pensé. El nacimiento de Venus, de Botticcelli, uno de mis cuadros preferidos estaba allí, delante de mis ojos, para traer un poco de calma a mi ser después de aquella tensa entrevista. Pero había algo distinto en aquel cuadro. Penetré en la sala para poder admirar la obra más de cerca. Tenía la sensación de que los rasgos de la cara de Venus no eran los mismos que los del cuadro que yo recordaba. El pelo era algo más oscuro, el color de los ojos se había tornado a un verde oliva, la nariz era más fina y los labios rojizos. Aquella belleza angelical que Botticelli plasmó en su obra ya no era tal. Sí que era un belleza, desde luego, pero alterada. Más seductora, menos pura.

–No estoy mal, ¿verdad?– Aquella voz surgida detrás de mí me sobresaltó. Me giré con rapidez y allí estaba: la cara del cuadro. –Siento haberte asustado.

–¿Valentina?

–Sí. He salido favorecida, ¿a que sí? Yo hubiera puesto algo más de ropa, pero así es más artístico. O eso dijo el pintor ­–rió.

–Lo siento, no pretendía merodear por aquí. Es sólo que no he podido evitar...

–No te preocupes –dijo sin dejarme terminar –, sé que has venido a entrevistarte con mi padre.

­–¿Tu padre?

–Sí. Júpiter es mi padre. Bueno, todos los concejales son mi familia, pero mi padre es con quien acabas de hablar, el segundo concejal.

–¿Estás segura de ello?

–Al cien por cien, ¿por qué no iba a estarlo?

­–¿Te suena el nombre de Massimo Scorza?

–Sí, he oído algo sobre él, pero no mucho.

No quise decirle de golpe la verdad. Aquella chica de 28 años parecía tan inocente, tan frágil. Decidí que debía darle la carta y que aclarase sus dudas con quien tuviera que aclararlas. Saqué el papel ajado de mi bolsillo y alargué el brazo para ofrecérselo.

–Tengo algo para ti, es una carta de Massimo.

–¿Qué dice? –preguntó sorprendida de que un desconocido como yo le diera semejante obsequio.

–Léela. Debo irme ya –me di la vuelta y me dispuse a salir por la puerta.

–Espera–. Valentina agarró mi mano para hacer que me girase de nuevo hacia ella. Recordé al instante el consejo de Júpiter: “Si no quiere caer bajo el hechizo, no toque su mano”. Ya era tarde. Acababa de ser testigo de la magia de Valentina. Ahora la amaba.


–Gracias– dijo. Y aquella insignificante palabra hizo que me desplomase sobre el suelo de mármol.  



1 comentario:

  1. Demasiado real : me absorbì tanto en la lectura que parecìa
    que presenciaba la conversaciòn entre Valentina y el periodista.
    Es espectacular. !
    Un garn saludo J.F.

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